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Marketing y globalidad

El cerebro e Internet: la polémica

Nicholas Carr

Supongo que el ensayo de Nicholas Carr no deja a nadie ileso, sea que use Internet para informarse, distraerse, comunicarse y/o trabajar. Yo, fui reconociendo los síntomas y los signos señalados por Carr con una cierta alarma y desde luego con la esperanza de que sus temores agoreros, fuesen refutados por alguna mente tan brillante como la suya. He leído mucho sobre el tema y buena parte, en este mundo hiperinformado, no era más que la repetición de lo mismo y esos fuegos artificiales de poca luz que acompañan a cualquier noticia que se dé y más si ésta es controversial, pero que son mucho más ruido que nueces.

Rescataré, sin embargo dos fuentes: un artículo en El País Internet cambia la forma de leer… ¿y de pensar? que desde el título abordaba lo que ya es una afirmación sin vuelta: leemos de manera distinta y lo que es una duda inquietante: si eso cambia nuestra manera de pensar ¿es malo?. Buena parte de las respuestas la dan pensadores del  London University College y como es de esperar no hay respuestas rotundas. Sin embargo creo que el balance se acerca mucho más a no temerle al cambio que a imaginar que Internet nos volverá a todos zombies intelectuales (o por lo menos, eso es lo que mi cerebro quiere creer). En cualquier caso los que lo experimentarán en forma completa serán los nativos digitales (es decir aquellos que ya nacieron rodeados de tecnología digital), que, según Don Tapscott, autor, entre otros ensayos de Grown Up Digital: The Rise of the Net Generation y de Wikinomics: How Mass Collaboration Changes Everything, constituyen la generación de los actores, iniciadores, lectores, escritores, espectadores, organizadores, escrutadores y colaboradores” y dice también que estos son más aptos para trabajar en común “más perspicaces, rápidos y más abiertos a la diversidad”, y que los que utilizan videojuegos disciernen mas cosas y tienen competencias espaciales desarrolladas que el son muy útiles a los arquitectos, los ingenieros y los cirujanos”.

¿Cómo le puede ir mal a la humanidad con personas así que además han nacido conociendo el daño que los humanos más civilizados le hemos causado al planeta en que vivimos? Y que además estarán perfectamente enterados de todo lo que Internet tiene de distracción y de ocio mal dirigido y mal digerido. Porque hay otro ocio buscado, encontrado y extraordinariamente útil al espíritu y sin duda a la mente.

La otra fuente es donde la polémica desatada por el ensayo de Carr ha alcanzado sus más altos niveles: Edge, una revista de Internet perteneciente a la Edge Foundation Inc. cuyo mandato es “promover el análisis y el debate de temas intelectuales, filosóficos, artísticos y literarios de manera a ponerlos al servicio del desarrollo intelectual y social de la sociedad, y reúne lo que la propia organización llama algunas de las mentes mas interesantes del mundo”. Es una manera modesta de llamarlas “algunas de las mentes más brillantes del mundo”.

Al final de este texto he puesto, traducidos, los principales pensamientos de los sabios que opinaron en Edge sobre este tema.  Pero si leen inglés, vayan a la fuente directa. Será un poco más largo, pero mil veces más seguro. Cada pensador que cito tiene en su nombre un enlace a su biografía en Edge. Vale la pena ir al enlace antes de leer lo que dice, para descubrir la mezcla de conocimientos, hobbies y frecuentemente éxito en el mundo de los negocios, de estos iluminados.

De lo leído, me  parece importante poner la situación expuesta por Carr dentro del contexto de la historia. La revolución de la información y con ella los cambios trascendentales en la cultura de la humanidad empezó cuando los fenicios inventaron el alfabeto. Y siguió con los escribas de las distintas civilizaciones hasta que llegó Gutemberg y se imprimió la primera Biblia. Vino después una mayor selección de libros, pero era aún literatura solo para un grupo reducido: los alfabetizados. Después se amplía la oferta porque más gente aprende a leer y a los libros sagrados se agrega lentamente una literatura más al alcance del lector, que aún pertenecía a una minoría. La explosión que produce cada vez más libros en distintas formas, de distintos temas, con distinto precio va aparejada ya no solo con la alfabetización sino con la sed de conocimientos del ser humano que encuentra en el libro educación y distracción. Y que está dispuesto a pagar por ambas. El espacio más cotidiano, ligero e informativo lo ocupan revistas y periódicos. La radio, pero sobre todo la televisión, llega como gran competidora del tiempo que se ocupaba en la lectura y, además, deja al humano pasivo delante de una pantalla hasta que llega, finalmente, la oferta infinita y la interacción con Internet. En cada transición los agoreros expresaron su miedo por lo que la nueva tecnología iba a destruir. Y si bien acertaron en lo inmediato, nunca imaginaron las enormes consecuencias colaterales y desde luego positivas, que traería cada adelanto.

Gutemberg

La Imprenta de Gutemberg

Por ejemplo, con el advenimiento de la imprenta se temía por el futuro de los escribas, amanuenses o copistas que por siglos habían tenido la importante tarea de transmitir la cultura escrita —o la tradición— en una sociedad predominantemente analfabeta. Un monje llamado Johannes Trithemius y conocido como Johann von Heidenberg, que fue el fundador de la sociedad secreta Sodalitas Celtica (Cofradía Céltica) dedicada al estudio de las lenguas, las matemáticas, la astrología y la magia de los números, escribió en 1492, medio siglo después del invento de Gutemberg,  un tratado sobre la superioridad del trabajo de los amanuenses sobre el de la máquina. Pero al monje se le creó un problema, quería que el libro alcanzase una amplia audiencia así que tuvo que escoger que fuese impreso porque sus aliados escribas no hubieran hecho suficiente número de copias a tiempo, con lo que con los hechos destruía la teoría de su libro en el momento mismo de imprimirlo.

Por otro lado, Gutemberg nunca pudo imaginar cómo ayudaría su invento al protestantismo (es decir que la diseminación de las ideas protestantes fue facilitada por la invención de la imprenta, lo que hizo posible difundir una amplia literatura apologética, bíblica y religiosa y fomentó la edición de nuevas traducciones de la Biblia en lenguas vernáculas). De la misma manera, los múltiples cambios sociales catalizados por Internet son imprevisibles.

Otro ejemplo: los fabricantes de teléfonos celulares, no imaginaban que los mensajes de texto se convertirían en una característica tan importante del producto.

jovenes en red

Cada una de las eras incorporó nueva gente, cada vez más, al uso de los nuevos medios. Y la oferta fue variando (es decir cayendo) en calidad y de profundidad (medida en términos de alta cultura) para satisfacer lo que pedían cada vez más personas (no hay mas que ver lo que se ofrece en la televisión hoy en día). Pero la cultura no fue nunca un asunto de masas. Ni las sinfónicas tocan en los estadios, ni los clásicos se reparten en fascículos como oferta de los periódicos, ni los museos de arte necesitan policías para poner orden en la entrada. Siempre ha sido una minoría la que tenía acceso a la cultura. Sea porque los niveles de alfabetización eran bajos, sea porque el costo de acceder a esa cultura de élite ha sido siempre alto. La guerra y la paz” será leída por una minoría en un libro tradicional o en forma electrónica y algunos la encontrarán sublime y la leerán más de una vez, para lo cual deberán separar el tiempo que toma leer una obra de gran envergadura. Porque no es cierto que mal acostumbrado el cerebro a leer en pequeñas rebanadas la información, se vea impedido de leer algo de mas envergadura. No es, de hecho, el número de páginas. Lo prueba el hecho de que los libros de Harry Potter, best sellers por definición, tienen muchas páginas. Ni tampoco es una cuestión de tiempo: el tiempo (o por lo menos el tiempo libre), lo maneja cada persona y dispone de él de la manara que quiere.

La discusión sobre los grandes autores, que como verán más abajo, ha causado gran polémica en la que han participado varios de los sabios que nombro más arriba, así como otros en un Foro Your brain online de la Enciclopedia Británica

Los dejo con la traducción de lo que han dicho en Edge, los sabios modernos.

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W.Daniel Hillis y Kevin Kelly

W. Daniel Hillis y Kevin Kelly

W.DANIEL HILLIS

Afirma que si bien algo nos está volviendo estúpidos no es Google: más bien Google sería un chaleco salvavidas que nos permite quedarnos en la superficie de un torrente (de información, claro está) que crece sin parar. Y el desborde de información no es consecuencia de los avances de la tecnología de las comunicaciones ni del poder de los medios, ni lo genera nuestra reciente debilidad por mordisquear la información. Estas son tendencias y no la causa. Solo síntomas del predicamento en el que nos hallamos. Nuestra insaciable demanda de información es la que lo produce. Nos quejamos de la sobrecarga pero tomamos un servicio de banda mas ancha, un teléfono que nos permita recibir e-mails, tarifa plana para nuestras líneas y cable premium. En medio de la inundación abrimos todos los grifos (caños / canillas). La tecnología ha roto nuestro aislamiento y no solamente el mundo se ha complicado sino que más de él se ha vuelto relevante. Tenemos además más necesidad de información porque cada vez hay más decisiones en nuestras manos (o decisiones por las que tendremos que votar) que antes las tomaba otro por nosotros. Por ejemplo el rey. Nuestro entorno ha crecido de tal manera que ahora pertenecemos a la aldea global (término de por sí ya muy viejo pues lo acuñó McLuhan en 1962) con mentes diseñadas para manejarse en un trozo de sabana con un grupo íntimo de amigos. Forzados a tener más información sacrificamos la profundidad. Descremamos, compendiamos, nos saltamos la letra menuda y frecuentemente se nos escapan puntos importantes.

Hillis asume que encontraremos una manera de salir de esta situción, probablemente a través de nuevas tecnologías o edificando nuevas sociedades más afines con las limitaciones.

KEVIN KELLY

K. Kelly, simplifica mucho la cosa (Por cierto le debo a su blog, The Technium, la estupenda foto de la máquina de escribir de mi post anterior —una Malling-Hansen Writing Ball— que usó Nietzsche y que puede verse aquí en funcionamiento).

En primer lugar dice que Carr admite ser un pesimista crónico y que ha hecho tan buen trabajo citando a pesimistas crónicos antiguos que estaban equivocados, que es difícil tomárselo en serio. Se pregunta después si fue el uso de la máquina lo que cambió el estilo de la prosa Nietzsche o si simplemente fue que estaba muy enfermo y muriéndose y el océano de textos cortos de la web se debe a que somos incapaces de prestarle atención a los artículos largos o si se trata de que antes era poco lucrativo producir en pequeñas cantidades  ahora no. Y al recordar que Carr describe al inicio de su texto la manera tan inteligente como usa Google si no será más bien que cuando nos salimos de Google nos volvemos mas tontos y mas bien al usar Google mejoramos nuestra inteligencia.

Ante la duda decide que prefiere perder los, digamos, 20 puntos que pierde su IQ (cociente intelectual)  a cambio de los 40 que gana al utilizarlo.

Larry Sanger y George Dyson

Larry Sanger y George Dyson

LARRY SANGER

También va al grano. Acepta que la tendencia a picotear información es cierta y nos está llevando a lo que llama con gran humor una indigestión epistémica(1) y que es cierto que deberíamos leer más libros incluyendo a los clásicos. Pero piensa que Carr se equivoca al presentar el problema como uno tecno-social colectivo, fuera de nuestro control por el que hay que culpar a los programadores y que debe ser tratado por los psicólogos sociales más que por los filósofos y los humanistas.

Sanger cree que hay un solo culpable de esta situación: uno mismo. Si algunos de nosotros no podemos leer un libro completo no es por culpa de Google ni por la vasta información en Internet. Afirmarlo sería aceptar una cierta dosis de determinismo que, a fin de cuentas negaría aquello que nos hace más humanos y que casi indiscutiblemente nos otorga nuestra dignidad: nuestra habilidad para pensar sobre las cosas de punta a cabo, con intensidad y de manera que pueda llevarnos a cambiar nuestras mentes en forma profunda.

Es ridículo quejarse de algo que cada cual maneja o puede manejar y un signo de falta de la voluntad o de indisciplina pero no de ser víctima de nada o nadie.

GEORGE DYSON

Al principio se pone dramático al preguntarse si el precio a pagar por máquinas que piensan no será el de personas que no piensen y saca un ejemplo de J. B. S. Haldane que, en 1928 dijo: “Los antepasados de las ostras y las lapas tenían cabeza. Las serpientes perdieron sus miembros y los avestruces y los pingüinos, su vuelo. El hombre podría de igual forma perder su inteligencia.”  Pero corrige y dice que sin duda perderemos algunos de nuestras atesoradas formas de pensar, pero las reemplazaremos por algo nuevo. Porque si bien la generación actual no ha tenido inmunidad infantil contra la estupidez asentada en la red, las siguientes si la tendrán. Y declara que le preocupa más que la gente crezca sin saber atar un nudo bolina (nudo marino) y afilar un cuchillo de caza o reconstruir un carburador que la gente que no lee libros (¿habrá que ganarse el sustento cazando y pescando?).

Termina diciendo que el iPod y el MP3 causaron la declinación del album y el ascenso de la lista de canciones. Pero que más gente está escuchando más música. Y que eso es muy bueno.

Jaron Lanier y Douglas Rushkoff

Jaron Lanier y Douglas Rushkoff

JARON LANIER

Lo que nos está haciendo estúpidos es pretender o fingir que el cambio tecnológico es un proceso autónomo que continuará en la dirección que escoja independientemente de nosotros.

Es cierto que alguna tecnología en particular puede convertirnos en estúpidos. Casinos, dive bars, los tabloides sobre famosos, el crack… Y ciertamente hay tecnologías digitales que no extraen los mejores aspectos de la naturaleza humana. Los comentarios anónimos, por ejemplo. Lo que hace peor a la tecnología es el concepto de que solo hay un eje para escoger que va de pro a anti. Los diseñadores de experiencias digitales debe alegrarse de que alguien formule una crítica bien articulada, porque es un paso crucial en hacer mejores cosas digitales.

DOUGLAS RUSHKOFF

Afirma que en 1995 sostuvo que miramos a los niños instruidos en el uso de la red de manera equivocada, y que éramos como peces lamentando que los chicos hayan evolucionado, les hayan salido piernas y caminen en la tierra y que en ese proceso hayan perdido la capacidad de respirar bajo el agua, mientras que ahora es menos optimista particularmente porque aún ignoramos los sesgos de los medios cuando nos movemos de un sistema al otro. No es tanto una cuestión de qué es bueno y qué es malo sino de cuan conscientes estamos del poder de cada medio y cuan conscientemente nos movemos entre el uno y el otro.

El problema de Internet, dice, es que nos empuja a cortar en tajadas delgadas la información o pasar rozando sobre ella en vez de ahondar más profundamente y reflexionar. Es como una lectura de The New Yorker que nos da  suficiente información para proporcionarlos los trocitos de ella que necesitamos para discutir un tema en un cóctel: la web proporciona grandes dosis de eso.

La fortaleza de la web está, sin embargo en proporcionar sus textos en un contexto más coloquial y abierto a la colaboración. Mientras que el libro está más sesgado hacia la persona (con mucho tiempo disponible) sentada en su estudio y leyendo casi siempre en solitario, la red abre la posibilidad de explorar de manera compartida. Como esta por ejemplo.

Por lo tanto la clave, según Rushkoff, está en entender los sesgos de cada medio (como diría McLuhan). No debemos ver nuestro movimiento entre un medio dominante y otro menos dominante como un beneficio o una pérdida sino como un cambio de panorama que puede ser explotado positivamente si tomamos el tiempo y la energía para examinar las características y oportunidades del nuevo terreno.

Nicholas Carr y Clay Shirky

Nicholas Carr y Clay Shirky

Una escaramuza importante, en torno al ensayo, se produjo entre Nicholas Carr y Clay Shirky un personaje de primer orden en el mundo intelectual conectado con Internet, del que hemos hablado antes y del que hablaremos más en este blog. Shirky, un optimista que ha medido la participación activa, solidaria y gratuita de la gente en proyectos como Wikipedia, responde al escepticismo de Carr con argumentos que Carr rebatirá y Shirky volverá a contestar. El debate se llevó a cabo en un Forum de la Enciclopedia Británica (Your Brain Online: Forum) que se desarrolló en torno al artículo de Carr.

A pesar de presentar muchos argumentos, la posición de Shirky se centra en que lo que se está jugando es el concepto de cultura y se monta sobre el ejemplo de Carr sobre “La guerra y la paz” en su ensayo (1) para decir que realmente que la gente no lea “La guerra y la paz” no es culpa de la red, es simplemente demasiado largo y no tan interesante. Que el público ha decidido que la sagrada obra de Tolstoy no merece el tiempo que toma leerlo. Y que el proceso empezó mucho antes de Internet, porque lo que desplazó muchísimo la lectura de libros fue la televisión. Pero que ahora, la gente ha vuelto a leer (y coincide con Shirky en que la gente lee más que en los 70 y 80 cuando reinaba la TV) pero que el retorno no ha sido hacia los iconos literarios del pasado. Y concluye el pensamiento diciendo que el problema, como lo ve Carr es que ya no solamente la gente no lee “La guerra y la paz”, sino que ha dejado de hacer una genuflexión frente a la idea de leer “La guerra y la paz”. Finalmente lo tilda de ludista y de querer volver el reloj atrás.

En su respuesta Shirky reitera que su problema no es con el tiempo que quita la red sino que nuestros cerebros está posiblemente siendo recableados de una manera distinta a la del pensamiento “concentrado, linear, relajado, reflexivo y profundo” que él ve como central en la identidad humana y en la cultura. Lo acusa de filisteísmo y de imaginar que seremos capaces recuperar nuestra capacidad de concentración con lo que además de querer volver atrás el reloj, él también se convierte en un practicante de la tecno-utopía. Esto lo negará posteriormente Shirky diciendo que lo que ayudaba enormemente al poder de concentración, era que el entorno estaba prácticamente vacío,  situación imposible de recrear. Y que quizás un medio que expande tan radicalmente la posibilidad de compartir información terminará siendo malo para la humanidad… pero que será la primera vez desde la invención del alfabeto fenicio.

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(1)epistémico, ca.

1. adj. Perteneciente o relativo a la episteme.

episteme.

1. f. En la filosofía platónica, el saber construido metodológicamente en oposición a las opiniones individuales.

2. f. Conocimiento exacto.

3. f. Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo en determinadas épocas.

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(2) “Ya no puedo volver a leer La guerra y la paz —admitió—. He perdido la capacidad de hacerlo. Me resulta difícil absorber incluso un blog de más de tres o cuatro párrafos. Lo leo por encima.” (en declaración de Friedman, patólogo de la facultad de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan)

(3) philistinism (filisteísmo)

materialismo, preocupación por las cosas materiales; creer que el confort físico es el de más alto valor, deseo por la riqueza y los bienes materiales con poco interés en los asuntos morales o espirituales. Una persona a la que guía el materialismo y usualmente desdeña los valores intelectuales o artísiticos; alguien no informado en un área determinada del conocimiento

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septiembre 7, 2009 Posted by | Estrategia, Globalidad, Marketing y Globalidad | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

¿Qué le está haciendo Internet a nuestros cerebros?

Nicholas Carr

Nicholas Carr

Le Monde trajo recientemente un artículo titulado Internet m’a-t-il rendue plus bête ? (¿Internet me ha vuelto mas tonta?) que me hizo recordar un tema no estrictamente ligado al marketing pero si al medio de información más invasivo y ya omnipresente en nuestras vidas y al que le seguimos buscando nuevas maneras de explotar con publicidad (o si se quiere ser “moderno” pero poco estricto con “conversaciones con nuestros amigos—más lo primero que lo segundo— para influenciarlos sutilmente a pensar que los productos que vendemos vale la pena comprarlos”) como hemos visto recientemente en la serie de 4 posts, dedicada a  Alan Wolk y su “Your Brand Is Not My Friend™” (1, 2, 3, 4)

El tema dio mucho juego, hace un año, cuando este blog era un mail que se enviaba a un grupo de interesados en los temas de marketing con mucho énfasis en lo que se hace en los EE UU, y cubría un artículo de Nicholas Carr, egresado de Harvard y por varios años editor ejecutivo de la Harvard Business Review escritor de varios libros —incluyendo un bestseller del NYT, en el 2008, titulado The Big Switch Rewiring the World from Edison to Google— y artículos sobre tecnología, negocios y cultura, experto en Tecnologías de la Información y la Comunicación, y asesor de la Enciclopedia Británica, posición que le fue ofrecida después de una larga diatriba personal en torno a la calidad de la Wikipedia, en su blog. El artículo, que Carr publicó en agosto del 2008 en The Atlantic, se titula Is Google Making Us Stupid? y es de lectura  imprescindible si uno quiere entender —y a lo mejor asustarse— cómo es que están cambiando nuestros hábitos y qué proceso de adaptación está siguiendo nuestro cerebro confrontado con nuevas maneras de informarse, aprender y elegir información entre el enorme menú de lo disponible.

Carr tiene además una página web más bien dedicada a la promoción de sus libros, pero que merece que se revise,  porque se encuentra uno además una sección de artículos publicados en órganos de primerísimo nivel, otra dedicada a los que ha escrito en Strategy + Business, una muy importante revista trimestral, publicada por Booz & Co. Y los artículos son de extraordinaria calidad.

Publica además un blog “Rough Type” que también vale la pena leer porque toca temas de la más diversa índole y se distingue por la claridad de su análisis y la agudeza de sus reflexiones. Y desde luego por lo incisivo de sus comentarios: es un iconoclasta que igual arremete contra Google o Wikipedia —difícil sería encontrar dos íconos más importantes del quehacer diario de la humanidad conectada— que contra el sistema de enseñanza en los EE UU. Y, como experto en IT comenta desde juegos de video nuevos hasta las últimas novedades de la inteligencia artificial. La lista de posts que ha publicado hasta ahora está disponible en sus archivos. Carr es siempre un autor interesante de leer.

Sin más preámbulos copiaré el artículo.

Lo he tomado literalmente de “La Ventana” porque encuentro la traducción del artículo oríginal en The Atlantic, extraordinariamente fiel. Como advertencia final, diré que vale la pena leerlo completo y con detenimiento, escapando de la tendencia a saltar párrafos y condensar conceptos por difícil que esto sea.

En el siguiente post resumiré los principales debates que el ensayo ha provocado. Léalo completo, tome partido y lea en el siguiente post con qué científico-pensador moderno, coincide.

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¿Está Google estupidizándonos?

Nunca un sistema de comunicación ha ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos como hace hoy Internet. Pero a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura

por Nicholas Carr

“Dave, para. Para, por favor. Para, Dave. ¿Vas a parar, Dave?” Así suplica la supercomputadora HAL al implacable astronauta Dave Bowman en una famosa y fantásticamente conmovedora escena casi al final de ”2001: Una odisea del espacio” de Stanley Kubrick. Bowman, tras haber sido enviado a la muerte en el espacio interplanetario por la máquina descompuesta, está tranquila y fríamente desconectando los circuitos de memoria que controlan su “cerebro” artificial. “Dave, estoy perdiendo la mente —dice HAL, con tristeza. Me estoy dando cuenta. Lo estoy sintiendo.”

Yo también me estoy dando cuenta, lo estoy sintiendo. En los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con mi cerebro, cambiando el esquema de su circuito neural, reprogramando la memoria. No es que esté perdiendo la mente —hasta donde puedo decir—, pero me está cambiando. No estoy pensando del modo que antes lo hacía.

Me doy cuenta sobre todo cuando leo. Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en la narración o en los giros de los argumentos y pasaba horas paseando por largos tramos de prosa. Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha.

Creo que sé qué está pasando. Desde hace ya más de una década, he estado pasando mucho tiempo en línea, buscando y navegando y a veces añadiendo a la gran base de datos de Internet. La red ha sido una bendición para mí como escritor. Puedo hacer en minutos la investigación que en un tiempo requería días en salas de la biblioteca o de las publicaciones periódicas. Unas pocas búsquedas en Google, algunos “clics” rápidos en hiperenlaces(1) y obtengo el dato revelador o la cita sucinta que andaba buscando.

Incluso sin estar trabajando, es muy probable que esté hurgando en la espesura de la información de la Red: leyendo y escribiendo correos, escaneando titulares y blogs, viendo videos y escuchando podcasts o sencillamente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas al pie, a las que muchas veces se asimilan, los hiperenlaces no sólo señalan obras que guardan relación con el tema, sino que lo lanzan a uno a ellas.)

Para mí, como para otros, la Red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto de casi toda la información que fluye a mis ojos y oídos y entra en mi mente. Las ventajas de tener acceso inmediato a un almacén tan increíblemente rico de información son muchas y éstas han sido ampliamente descritas y debidamente aplaudidas. Clive Thomson escribió en Wired: “La retentiva perfecta de la memoria de silicón puede ser una enorme ayuda al pensamiento.”

Pero la ayuda tiene un precio. Como señaló el teórico de los medios de difusión Marshall McLuhan en los años sesenta, éstos no son sólo canales pasivos de información. Suministran la materia para el pensamiento, pero también conforman el proceso del pensamiento. Y lo que la Red parece estar haciendo es socavar mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente espera ahora captar la información del modo en que la Red la distribuye: en una corriente de partículas en rápido movimiento. En un tiempo fui un submarinista en el mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo en una moto acuática.

No soy el único. Cuando les menciono mis problemas con la lectura a amigos y conocidos —la mayoría de ellos hombres de letras— muchos dicen estar experimentando algo similar. Mientras más usan la Red, más tienen que luchar para concentrarse en escritos largos. Algunos de los bloggers que sigo también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scout Karp, quien escribe un blog sobre los medios de difusión en línea, confesó hace poco que ha dejado por completo de leer libros. “Hice el master en literatura en la universidad y era un voraz lector de libros —escribió—. ¿Qué ha pasado?” Y especula la respuesta: “¿Y si todo lo que leo es en la red, no se debe a que la forma en que leo haya cambiado, o sea, que esté sólo en busca de comodidad, sino porque mi forma de PENSAR ha cambiado?”

Bruce Friedman, quien escribe regularmente un blog sobre el uso de las computadoras en la medicina, también ha descrito la forma en que Internet ha cambiado sus hábitos mentales. “He perdido casi por entero la capacidad de leer y absorber un artículo largo en la red o impreso”, escribió a principios de año.

Friedman, patólogo miembro de larga data de la facultad de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, amplió su comentario en una conversación telefónica conmigo. Su forma de pensar, dijo, ha tomado una calidad de “staccato”, que refleja la forma en que escanea con rapidez pasajes cortos de texto de muchas fuentes en línea. “Ya no puedo volver a leer La guerra y la paz —admitió—. He perdido la capacidad de hacerlo. Me resulta difícil absorber incluso un blog de más de tres o cuatro párrafos. Lo leo por encima.”

Las anécdotas por sí solas no demuestran mucho. Y todavía estamos en espera de experimentos neurológicos y psicológicos a largo plazo que brinden una imagen definitiva de la forma en que el uso de Internet afecta la cognición. Pero un estudio recién publicado de los hábitos de investigación en línea, realizado por académicos del University College de Londres, indican que muy bien podemos estar en medio de un cambio radical en la forma en que leemos y pensamos.

Como parte de un programa de investigación de cinco años, los estudiosos examinaron registros de computación que documentan el comportamiento de visitantes de dos populares sitios de investigación, uno operado por la Biblioteca Británica y el otro por un consorcio educacional del Reino Unido, que brindan acceso a artículos de revistas, libros electrónicos y otras fuentes de información escrita. Encontraron que las personas que usan los sitios exhibían “una forma de actividad como de quien está echando una ojeada”, en que saltaban de una fuente a otra y pocas veces regresaban a una que ya hubieran visitado. Típicamente leían sólo una o dos páginas de un artículo o libro antes de “saltar” a otro sitio. A veces salvaban un artículo largo, pero no hay pruebas de que regresaran a él y lo leyeran de verdad. Los autores del estudio informan:

Es evidente que los usuarios no leen en línea en el sentido tradicional; de hecho hay indicios de que están surgiendo nuevas formas de “leer” según los usuarios navegan horizontalmente por los títulos, los índices y los resúmenes buscando ganar rapidez. Casi parece que van en línea para evitar leer en el sentido tradicional.

Gracias a la ubicuidad del texto en Internet, por no mencionar la popularidad de los mensajes de texto en los teléfonos celulares, pudiéramos estar leyendo más hoy que en los años setenta u ochenta, cuando la televisión era nuestro medio preferido. Pero es un tipo distinto de lectura y detrás de él hay un tipo distinto de pensamiento… tal vez incluso un nuevo sentido del ser. “No sólo somos lo que leemos —dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo de la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (Proust y el calamar: La historia y la ciencia del cerebro lector)—. Somos como leemos.”

A Woolf le preocupa que el estilo de lectura que promueve la Red, un estilo que coloca la “eficiencia” y la “inmediatez” por encima de todo lo demás, esté debilitando tal vez nuestra capacidad para el tipo de lectura profunda que emergió cuando una tecnología anterior, la prensa impresa, hizo comunes y corrientes las largas y complejas obras de prosa. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros descodificadores de información”. Nuestra capacidad de interpretar textos, de hacer las ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos con profundidad y sin distracción, sigue en gran medida desconectada.

Leer, explica Wolf, no es una habilidad instintiva de los seres humanos. No está grabada en nuestros genes del modo que lo está el discurso. Tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los caracteres simbólicos que vemos al lenguaje que comprendemos. Y los demás medios u otras tecnologías que usamos al aprender y practicar el arte de la lectura desempeñan un papel importante en la conformación de los circuitos neurales que se encuentran en el interior de nuestros cerebros. Los experimentos demuestran que los lectores de ideogramas, como los chinos, desarrollan un sistema de circuitos mentales para la lectura muy diferente del sistema que se encuentra en quienes, como nosotros, cuya lengua escrita emplea el alfabeto.

Las variaciones se extienden a lo largo de muchas regiones del cerebro, incluidas las que rigen funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Podemos también prever que los circuitos tejidos por nuestro uso de la Red sean distintos a los tejidos por nuestra lectura de libros y otras obras impresas.

En algún momento de 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir: una Malling-Hansen Writing Bal, para mayor precisión. Le fallaba la vista y mantener los ojos enfocados en la página se le había hecho agotador y doloroso y muchas veces le provocaba fuertes dolores de cabeza. Se había visto obligado a reducir su escritura y temía que pronto le sería necesario abandonarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos de momento. Una vez dominada la mecanografía al tacto, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo las yemas de los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo de su mente a la página.

La máquina de escribir de Nietzsche

La máquina de escribir de Nietzsche

Pero la máquina tuvo un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, observó un cambio en su estilo de escribir. Su prosa, ya de por sí tersa, se había hecho más comprimida, más telegráfica. “Puede que con este instrumento incluso te adaptes a nuevos giros idiomáticos —le escribió el amigo en una carta observando que, en su propia obra, sus “«ideas» en música y lenguaje solían depender de la calidad de la pluma y el papel”.

—Tienes razón —repuso Nietzsche—, nuestro equipo de escribir participa en la formación de nuestros pensamientos.

Bajo el influjo de la máquina, escribe el académico alemán de los medios de difusión Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche “cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, del estilo retórico al telegráfico.”

El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente pensaba que nuestro engranaje mental —las densas conexiones que se forman entre los 100 billones de neuronas que se encuentran dentro de nuestros cráneos— estaba en gran medida fijado para el momento en que alcanzábamos la edad adulta. Pero los investigadores del cerebro han descubierto que no es así. James Olds, profesor de neurociencia que dirige el Instituto Krasnow de Estudios Avanzados en la Universidad George Mason, afirma que incluso la mente adulta “es muy plástica”. Las neuronas normalmente rompen conexiones viejas y forman nuevas. Según Olds, “el cerebro tiene la capacidad de reprogramarse a la carrera, cambiando la forma en que funciona.”

Según usamos lo que el sociólogo Daniel Bell ha llamado nuestras “tecnologías individuales” —los instrumentos que amplían nuestras capacidades mentales más bien que físicas— inevitablemente comenzamos a adoptar las cualidades de esas tecnologías.

El reloj mecánico, que comenzó a usarse corrientemente en el siglo XIV, brinda un ejemplo convincente. En Technics and Civilization (Técnicas y civilización), el historiador y crítico de la cultura Lewis Mumford describió la forma en que el reloj “desasoció el tiempo de los sucesos humanos y contribuyó a crear la idea de un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. El “marco abstracto de tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia de la acción y el pensamiento”.

El tictac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente científica y del científico, pero también se llevó algo. Como observó el difunto científico de computación del MIT(2) Joseph Weizenbaum en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (El poder de la computadora y la razón humana: del juicio al cálculo), la concepción del mundo que surgió del empleo extendido de los instrumentos de llevar el tiempo “sigue siendo una versión empobrecida del antiguo, porque descansa en un rechazo de las experiencias directas que formaban la base de la antigua realidad y, de hecho, la constituían.” Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir, levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer el reloj.

El tictac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente científica

El proceso de adaptación a nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas que usamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, las personas comenzaron a pensar que sus cerebros operaban “como mecanismos de relojería”. Hoy, en la era del software, hemos llegado a pensar que operan “como computadoras”. Pero los cambios, nos dicen las neurociencias, son mucho más profundos que la metáfora. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación se produce también en el nivel biológico.

Internet promete tener efectos de especial alcance en la cognición. En un trabajo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing demostró que era posible programar una computadora digital, que en aquella época existía sólo como máquina teórica, para que realizara la función de cualquier otro dispositivo de procesamiento de información. Eso es lo que estamos presenciando hoy. Internet, un sistema de computación inconmensurablemente poderoso, está subsumiendo la mayoría de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestro radio y nuestra televisión.

Cuando la Red absorbe un medio, ese medio se recrea a la imagen de la Red. Inyecta el contenido del medio con hiperenlaces, anuncios de parpadeo y otras baratijas digitales y rodea el contenido con el contenido de todos los demás medios que ha absorbido. Un mensaje nuevo de correos, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras estamos revisando los últimos titulares de un sitio de prensa. El resultado es dispersar nuestra atención y difundir nuestra concentración.

Tampoco termina la influencia de la Red en los márgenes de la pantalla de la computadora. Al irse sintonizando las mentes de las personas al enloquecido conjunto de medios de Internet, los medios tradicionales deben adaptarse a las nuevas expectativas del público.

Los medios tradicionales se adaptan a las nuevas expectativas del público.

Los programas de televisión añaden textos que se deslizan por la pantalla y anuncios que surgen de repente; revistas y diarios acortan sus artículos, introducen resúmenes en cápsulas y rellenan sus páginas con fragmentos de información fáciles de rastrear. Cuando en marzo de este año The New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a resúmenes de artículos, su director de diseño Tom Bodkin explicó que los “atajos” darían a los lectores atribulados un “tanteo” rápido de las noticias del día ahorrándoles el método “menos eficiente” de volver las páginas y leer los artículos. Los medios antiguos tienen poca opción más que jugar con las reglas de los medios nuevos.

Nunca ha desempeñado un sistema de comunicación tantos papeles en nuestras vidas —o ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos— como hace hoy Internet. Pero, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura.

Aproximadamente por el tiempo en que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un joven serio llamado Frederick Winslow Taylor fue con un cronómetro a la planta Midvale Steel de Filadelfia y comenzó una histórica serie de experimentos destinada a mejorar la eficiencia de sus maquinistas. Con aprobación de los propietarios de Midvale, tomó a un grupo de obreros, los puso a trabajar en varias máquinas de elaborado de metales y registró y midió el tiempo de cada uno de sus movimientos así como las operaciones de las máquinas. Dividiendo cada tarea en una secuencia de pequeños pasos discretos y luego ensayando formas distintas de realizar cada una, Taylor creó un conjunto de instrucciones precisas —un “algoritmo” pudiéramos decir hoy— de cómo debía trabajar cada obrero.

Los empleados de Midvale rezongaron sobre el estricto régimen nuevo, diciendo que los convertía en poco más que autómatas, pero la productividad de la fábrica se disparó.

Más de cien años después de la invención del motor de vapor, la Revolución Industrial al fin había encontrado sus bases filosóficas y su filósofo. La apretada coreografía industrial de Taylor —su “sistema”, como le agradaba llamarlo— fue aceptada por fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Procurando la mayor rapidez, eficiencia y producción, los dueños de fábricas utilizaban los estudios de tiempo y movimiento para organizar el trabajo y configurar las tareas de sus trabajadores.

El objetivo, como definió Taylor en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Los principios de la gestión moderna), era identificar y adoptar, para cada tarea, “un mejor método” de trabajo y con ello efectuar “la sustitución gradual de la ciencia por la regla empírica en todas las artes mecánicas”. Una vez que se aplicara este sistema en todos los actos de trabajo manual, aseguró Taylor a sus seguidores, brindaría una reestructuración no sólo de la industria, sino de la sociedad, creando la utopía de la eficiencia perfecta. “En el pasado el hombre había sido lo primero —declaró—, en el futuro lo será el sistema.”

El sistema de Taylor sigue en gran medida con nosotros: sigue siendo la ética de la manufactura industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros en computación y codificadores de software ejercen sobre nuestras vidas intelectuales, la ética de Taylor comienza a regir también la esfera de la mente. Internet es una máquina diseñada para la recolección, transmisión y manipulación automatizada de información y sus legiones de programadores están concentrados en encontrar el “mejor método único” —el algoritmo perfecto— para llevar a cabo cada movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como “trabajo de conocimiento”.

La sede de Google, en Moutain View, California —el Googleplex— es el santuario supremo de Internet y la religión que se practica dentro de sus paredes es el taylorismo. Google, al decir de su ejecutivo principal, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición” y se esfuerza en “sistematizar todo” lo que hace. Según el Harvard Business Review, haciendo uso de los terabytes de datos de conducta que recoge mediante su motor de búsqueda(3) y otros sitios, realiza miles de experimentos diarios y utiliza los resultados para refinar los algoritmos que controlan cada vez más la forma en que las personas encuentran información y extraen significado de ella. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo mental.

Google plex

Googleplex

La compañía ha declarado que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. Procura desarrollar “el motor de búsqueda perfecto” al que define como algo que “entiende exactamente lo que uno quiere decir y le devuelve exactamente lo que desea”. Al entender de Google, la información es un tipo de producto, un recurso utilitario que puede extraerse y procesarse con eficiencia industrial. Mientras más sean las piezas de información a las que uno pueda “acceder” y mientras con mayor rapidez podamos extraer lo esencial de ellas, más productivos nos hacemos como pensadores.

¿Dónde termina esto? Sergey Brin y Larry Page, los dotados jóvenes que fundaron Google cuando hacían su doctorado en ciencias de computación en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su motor de búsqueda en una inteligencia artificial, una máquina al estilo de HAL que sea posible conectar directamente a nuestros cerebros. “El motor de búsqueda supremo es tan inteligente como las personas… o más —afirmó Page hace unos años en un discurso—. Para nosotros, trabajar en búsqueda es una forma de trabajar en inteligencia artificial.”

En una entrevista concedida a Newsweek en 2004, Brin comentó: “No hay dudas de que si uno tuviera toda la información del mundo unida directamente al cerebro, o un cerebro artificial que fuera más listo que el propio, estaría uno mejor.” El año pasado Page dijo en una convención de científicos que Google “en realidad trata de construir una inteligencia artificial y de hacerlo en gran escala”.

Una ambición de este tipo es natural, incluso admirable, para un par de genios matemáticos con vastas cantidades de dinero a su disposición y un pequeño ejército de científicos de computación en su empleo. Google, una empresa fundamentalmente científica, está motivada por un deseo de usar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para solucionar problemas que nunca antes se han solucionado” y la inteligencia artificial es el problema más difícil que hay. ¿Por qué no habrían de ser Brin y Page quienes lo resolvieran?

De todos modos, su suposición fácil de que estaríamos “mucho mejor” si una inteligencia artificial complementara, o incluso sustituyera, nuestros cerebros resulta inquietante. Ésta indica una creencia en que la inteligencia es producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que es posible aislar, medir, optimizar. En el mundo de Google, el mundo en que entramos al entrar en línea, hay poco espacio para la falta de claridad de la contemplación. La ambigüedad no es una apertura para la visión, sino una falla que debe arreglarse. El cerebro humano es sólo una computadora anticuada que necesita un procesador más rápido y un disco duro mayor.

Segey Brin y Larry Page

Segey Brin y Larry Page, los creadores de Google

La idea de que nuestras mentes deben operar como máquinas de procesamiento de datos de alta velocidad no sólo está incorporada al funcionamiento de Internet, sino que es también el modelo comercial reinante de la red. Mientras con mayor rapidez naveguemos por la Red —mientras más enlaces podamos cliquear y más páginas veamos— más oportunidades ganan Google y otras empresas de recopilar información sobre nosotros y alimentarnos anuncios.

La mayoría de los propietarios de Internet comercial tienen interés financiero en recopilar los mendrugos de datos que dejamos atrás cuando revoloteamos de enlace en enlace… mientras más mendrugos, mejor. Lo último que desean estas empresas es fomentar la lectura pausada o el pensamiento concentrado, lento. Es interés económico suyo llevarnos a la distracción.

Puede que yo sea sólo una persona que se preocupa más de lo debido. Del mismo modo que existe una tendencia a glorificar el avance tecnológico, existe una tendencia opuesta a esperar lo peor de todo instrumento o máquina nueva.

En la Fedra de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la palabra escrita como sustituto del conocimiento que antes llevaban dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en lugar de verdadera sabiduría”.

Sócrates no se equivocaba —la nueva tecnología muchas veces tuvo los efectos que temió—, pero fue miope. No podía prever las muchas formas en que la escritura y la lectura servirían para extender la información, estimular ideas nuevas y expandir el conocimiento (cuando no la sabiduría) humana.

La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV provocó otra ronda de rechinamiento de dientes. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que a disponibilidad fácil de los libros condujera a pereza intelectual, haciendo a los hombres “menos estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros aducían que los libros y publicaciones impresas baratas socavarían la autoridad religiosa, degradarían el trabajo de eruditos y escribas y extenderían la sedición y el libertinaje. Como observa el profesor de la Universidad de Nueva York Clay Shirky: “La mayoría de los argumentos que se opusieron a la imprenta fueron correctos, incluso proféticos.” Pero, de nuevo, los agoreros no fueron capaces de imaginar la miríada de bendiciones que brindaría la palabra impresa.

Clay Shirky

Clay Shirky

De modo que sí, deben mostrarse escépticos hacia mi escepticismo. Puede que aquellos que descarten a quienes critican Internet por considerarlos luditas o nostalgistas tengan la razón y de nuestras mentes hiperactivas, alimentadas de datos, surja una era dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal.

Pero, de nuevo, la Red no es el alfabeto y aunque pueda sustituir a la imprenta produce algo por completo diferente. El tipo de lectura profunda que promueve una secuencia de páginas impresas es valiosa no sólo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor, sino por las vibraciones intelectuales que esas palabras desencadenan en nuestras propias mentes. En los espacios de calma abiertos por la lectura sostenida, sin distracción, de un libro o, si a eso vamos, por cualquier otro acto de contemplación, realizamos nuestras asociaciones, trazamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como afirma Maryanne Wolf, es indistinguible del pensamiento profundo.

Si perdemos esos espacios de quietud o los llenamos de “contenido”, sacrificaremos algo importante no sólo de nuestro propio ser, sino de nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió con elocuencia lo que está en juego:

“Procedo de una tradición de cultura occidental en que el ideal (mi ideal) era la estructura compleja, densa, como una catedral de la personalidad de alta educación y expresión, el hombre o mujer que llevaba dentro de sí una versión individualmente construida y singular del patrimonio completo de Occidente. [Pero ahora] veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de la compleja densidad interna por un nuevo tipo de ser que evoluciona bajo la presión de la sobrecarga de información y la tecnología de lo “instantáneamente disponible”.

Según se nos drena de nuestro “repertorio interno de denso patrimonio cultural”, concluyó Foreman, nos arriesgamos a convertirnos en “gente tan extendida y fina como una crepa según nos conectamos con la vasta red de información a la que se accede tan sólo tocando un botón.”

Me persigue esa escena de 2001. Lo que la hace tan conmovedora, y tan extraña, es la respuesta emocional de la computadora al desmonte de su mente: su desesperación cuando se va oscureciendo un circuito tras otro, su súplica infantil al astronauta —“Lo estoy sintiendo. Lo estoy sintiendo. Tengo miedo”— y su reversión final a lo que sólo puede recibir el nombre de estado de inocencia. La emanación de sentimientos de HAL contrasta con la impasibilidad que caracteriza a las figuras humanas del film, que hacen lo que tienen que hacer con eficiencia casi robótica. Sus pensamientos y acciones parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo.

En el mundo de 2001, las personas se han hecho tan similares a máquinas que el carácter más humano resulta ser la máquina. Esa es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: según confiemos en las computadoras para mediar nuestra comprensión del mundo es nuestra propia inteligencia la que se aplana hasta convertirse en inteligencia artificial.

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El libro más reciente de Nicholas Carr, The Big Switch: Rewiring the World, from Edison to Google, se publicó en el año 2008.

Notas:

1.- Hyperlink (hiperenlace, hipervínculo, nexo) Puntero existente en un documento hipertexto que apunta (enlaza) a otro documento que puede ser o no otro documento hipertexto. [Fuente: RFCALVO]

2.- Instituto Tecnológico de Massachussets.

3.- Search engine (motor de búsqueda, buscador, indexador de información) Servicio WWW que permite al usuario acceder a información sobre un tema determinado contenida en un servidor de información Internet (WWW, FTP, Gopher, Usenet, Newsgroups…) a través de palabras de búsqueda introducidas por él. Los más conocidos son Yahoo, WebCrawler, Lycos, Altavista, DejaNews… En España empiezan a existir indexadores en lengua castellana, con nombres tan castizos como Ole y Ozú. [Fuente: RFCALVO].

Tomado de La Ventana

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agosto 31, 2009 Posted by | Estrategia, Globalidad, Marketing y Globalidad, Software | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario